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Hombre blanco homosexual. ¿No debería cambiar el perfil habitual del creador-genio para que las cosas empiecen a moverse?
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Dior está libre. Y todo el mundo, desde tu madre a ese amigo al que la moda no le interesa en absoluto, sabe qué es Dior. Después de que Raf Simons presentara su dimisión, la casa francesa busca director creativo o, más bien, a la persona que se convertirá en el diseñador vivo más importante del mundo.

En las quinielas sobre quién será el próximo fichaje los contrincantes siguen el mismo perfil: hombre, blanco, homosexual y sin hijos. Ese es el caballo ganador para las marcas.  Casi nunca se tiene en cuenta a una diseñadora y no será porque en el sector no trabajen mujeres capaces de dirigir a un equipo de diseño.

Demna Gvasalia reemplazó a Alexander Wang en Balenciaga,  Justin O’Shea (un comprador de moda sin formación en diseño) a Brendan Mullane en Brioni. El último gran fichaje ha sido el de Anthony Vaccarello en Saint Laurent.  Son solo algunos ejemplos de una larga lista en la que no hay ni una diseñadora, pese a que un alto porcentaje de las cifras de ventas está generado por mujeres.

Según el manifiesto de Debra Meyerson y Joyce K. Fletcher, profesoras del Centro de Género Boston, publicado en el Harvard Business Review, esto se debe a: “Una plétora de prácticas y normas culturales en los espacios laborales que aparecen sin tener un enfoque transversal (…) validadas dentro del status quo de la empresa, por lo que las personas no se dan cuenta. Sin embargo recrean un patrón sutil de desventaja sistémica que bloquea principalmente a las mujeres”.

El de director creativo de Dior es uno de los puestos más codiciados de la industria ahora mismo. Le sigue el de cabeza visible de Yves Saint Laurent después de la marcha de Hedi Slimane. Su “misión” de renovar la línea de la marca, hacerla un éxito comercial y ajustar sus códigos para el futuro terminó y se fue sin mirar atrás. El diseñador como funcionario popularizado en la industria que no dura más de cuatro años al frente del negocio.

“Vestir a las mujeres no es una profesión de hombres”, sentenció Coco Chanel en 1954. Hubo un tiempo en ellas mandaban. Valerie Steele, investigadora de moda y directora del Museo del FIT en Nueva York, explica en su ensayo Chanel en contexto la “era dorada de las couturières”. Durante el periodo de entreguerras, además de Chanel, las líderes eran Madame Grès, las hermanas Callot, Sonia Delaunay, Nicole Groult (la hermana pequeña de Paul Poiret), Jeanne Lanvin, Nina Ricci, Elsa Schiaparelli y la incomparable Madeleine Vionnet. No es que no existieran hombres dedicados al diseño, pero “la emoción residía en el reinado de las mujeres”, en palabras de Cecil Beaton en su libro El espejo de la moda. Pero a partir de los años cincuenta los hombres volvieron a tomar el control.

Actualmente, si se habla de representación en los circuitos de moda, los datos no son favorables para las mujeres. De las cuatro plataformas de moda más importantes del mundo -Nueva York, Londres, Milán y París-, la disparidad entre participantes es sin duda significativa. De un total de 318 presentaciones bianuales femeninas aproximadamente (al menos en los calendarios oficiales), el 60% de  las marcas de moda están lideradas por hombres.

Miuccia Prada, Rei Kawakubo, Donna Karan o Vivienne Westwood son algunas de las diseñadoras consagradas, pero no se aprecia un relevo generacional y no es por falta de talento. Julie de Libran, ex directora de diseño femenino en Louis Vuitton, fue una verdadera artífice en la construcción de su Ready-to-wear, con permiso de Marc Jacobs. Lo lógico hubiese sido ascenderla, pero no fue así y ahora es la directora creativa de Sonia Rykiel.

Caso contrario sucedió en Alexander McQueen con el nombramiento de Sarah Burton como su directora. El ascenso estuvo calculado entre la estrategia y la conveniente experiencia que Burton acumuló como la mano derecha del estudio. Aún así, la sombra de Lee es muy grande y dificulta el proceso para conocer el verdadero estilo de la británica.

Recientemente también hubo movimientos de poder en Lanvin. Este representa un caso único, si consideramos que la propietaria mayoritaria de la marca, la magnate taiwanesa Madame Shaw-Lan Wang y su nueva presidenta Michèle Huiban -anterior jefa de operaciones- han contratado a Bouchra Jarrar como la nueva directora artística de la casa.

Otra excepción es Stella McCartney así como todas sus sucesoras (en menor grado) en Chloé, desde Hannah MacGibbon hasta la actual Clare Waight Keller. Probablemente, quien ocupa una posición de mayor poder en el ecosistema de la moda es Phoebe Philo, la influyente directora creativa de Céline que, cuando aceptó hacerse cargo de una casa que entonces languidecía exigió trasladar la sede a Londres, destruir cualquier prenda anterior a su llegada y virar la imagen global de la marca en una dirección completamente nueva. Tanto ella como Sarah Burton han pasado por las quinielas para suceder a Simons en Dior.

Sería una apuesta simbólica que cambiaría las reglas del juego, rompería las leyes corporativas tácitas y podría generar réplicas en el resto de firmas importantes. Pero eso supondría un movimiento tectónico dentro de las esferas de poder que no todos los jugadores y empresarios están dispuestos a presenciar.